Jon Emili Uriarte piensa el deporte como se piensa un país. Desde la memoria de aquella Generación del 82 que cambió el lugar del vóley argentino en el mapa mundial hasta el presente, su mirada mezcla historia, política y cultura. Fue central de la Selección que ganó el bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, jugó en ligas de Italia, Francia y Holanda, y luego recorrió el mundo como entrenador, dirigiendo a la Argentina y también a Australia, selección con la que llegó a dos Juegos Olímpicos.
Con esa trayectoria a cuestas, Uriarte habla del deporte con la perspectiva de quien lo vivió desde todos los ángulos. En su relato aparecen los clubes de barrio, la camiseta compartida y esa identidad que, según él, explica por qué el deporte argentino sigue compitiendo aun cuando muchas veces corre desde atrás.
Pero su reflexión no se queda en la nostalgia. Uriarte -en diálogo con zeapp.site- pone el foco en la dimensión política del deporte: la necesidad de organización, de participación y de un Estado que entienda al deporte como parte del tejido social, con duras críticas al gobierno que encabeza Javier Milei.

—Vos fuiste parte de una generación histórica del vóley argentino. Mirando hacia atrás, ¿qué elementos de aquella “Generación del 82” creés que hoy el deporte argentino perdió o dejó de construir?
—Yo creo que en Argentina hay una transmision de legado, una plataforma sobre la que construye la siguiente generacion. La interpretation de los deportes de equipo tiene una impronta plena de argentinidad, una manera de ser y estar que crean y se desarrolla en los clubes, el espacio donde aprendemos a vestir una camiseta en un contexto vincular, emocional, afectivo, único en el mundo y que oportunamente trasciende con más fuerza que nunca si te toca vestir la camiseta nacional.
—Viviste el deporte argentino como jugador, entrenador y dirigente militante. ¿En qué etapa sentiste que tenías más capacidad real de transformar cosas?
—Como jugador y entrenador uno es protagonista sean cual sean las herramientas con que se cuentan. Uno vuelve a los entrenamientos, a los partidos, y puede hacer. Luchás por contar con la infraestructura y logística que se acerque lo más que podemos a la realidades más avanzadas y tenemos desarrollada la resiliencia de que corremos de atrás, pero en ocasiones logramos alinear varios planetas y obtenemos grandes resultados.
Hoy volvimos a tener un subsecretario de Deportes (Diógenes de Urquiza Anchorena), que cuando asumió por primera vez nos mandó a trabajar. Un caradura que no tiene ni la menor idea de todo el esfuerzo que hay detrás de cada logro en deporte, tanto cuando el equipo de una escuela viaja a una competencia como cuando obtenemos un resultado relevante.

—Muchos deportistas hoy prefieren mantenerse neutrales políticamente. ¿Creés que eso responde más al miedo, a la comodidad o a una cultura que todavía no cambió?
—Hay muchos deportistas, entrenadores y dirigentes que entienden que sin una participación activa y militante de deportistas relevantes es muy difícil obtener el músculo político para realizar transformaciones. La inmensa relevancia cultural del deporte en Argentina no tiene correspondencia con su capacidad política y de lobby.
Imaginate a 300 deportistas militando por recuperar el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD) o por terminar con la pandemia de las apuestas online. Todavía no logramos ese nivel de participación política, pero también veo dirigentes que visualizan que profundizar una gimnasia más democrática y más participativa contribuiría a romper con décadas de análisis, diagnósticos y propuestas que terminan en frustraciones porque no tenemos poder político que los impulse y los plasme.
—Si tuvieras que diseñar hoy desde cero un sistema deportivo argentino, ¿cuál sería el primer eslabón que reforzarías: la escuela, el club de barrio o el alto rendimiento?
—Después de tener un ministro de Educación licenciado en Educación Física y medallista panamericano como deportista (Jaime Perczyk), que no movió el amperímetro ni un milímetro para jerarquizar la Educación Física en la escuela, me dejó la conclusión de que para mejorar ese aspecto fundamental se requiere de un poder político que estamos muy lejos de tener.
En cambio, los clubes argentinos son una riqueza democrática extraordinaria. Son las organizaciones libres del pueblo que dan respuesta a necesidades e intereses de la comunidad, esa visión que tuvo Juan Domingo Perón para marcar un norte de desarrollo y que se sostiene con tanta validez y eficacia al día de hoy. Una política de clubes debería ser una política de Estado, no solo para apoyar a los existentes, sino como estrategia para llegar, con la creación de nuevos clubes, a realizar la democratización del deporte y garantizar el acceso en aquellos lugares donde todavía no llegamos.
Y cuando hablamos de alto rendimiento, también lo entendemos como el derecho a su acceso para aquellos que tienen vocación y condiciones. A mí me gusta mucho, cuando recordamos a Brian Toledo, retomar un compromiso que tenemos con todos los Brians que no hemos detectado y que hoy no encuentran un sistema que les muestre el camino para su realización.
De todas maneras, estas declaraciones principistas carecen de sentido sin volumen en la construcción política. El contraste entre el salto estratégico que plasmó Cristina (Fernández de Kirchner) con la creación del ENARD y el desierto que transitamos hoy debería ser una lección muy clara para el deporte. Hemos conversado con Máximo (Kirchner) en el Congreso sobre la importancia decisiva de retomar ese camino, del rol irremplazable del Estado no solo en el apoyo a los referentes en el alto rendimiento, sino también en la participación en infancias y adolescencias, tanto en el ingreso a los clubes como en competencias como los Juegos Evita. Pero sin mucha gimnasia política por parte del deporte es muy difícil que movamos cosas trascendentes.
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—En los Juegos Olímpicos compartiste una experiencia única con tu hijo Nicolás. ¿Cómo cambió tu mirada del deporte ver a tu hijo vivir algo que vos ya habías vivido antes?
—Compartí los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Nos tocó enfrentarnos en la cancha: él como jugador de Argentina y yo como entrenador de Australia. Compartimos con toda la familia tres semanas en la expresión colectiva más alta que produce la humanidad.
Fue un momento de inflexión en mi vida, de inmenso agradecimiento al deporte, que me dio la chance de formar una familia que creció en ese entorno cultural. No lo había imaginado: fue mucho. Después de eso, sentí que era tiempo de abrir mi vida a otros horizontes.
—Gran parte de tu carrera la desarrollaste afuera. ¿Qué cosas viste en otros países que Argentina todavía no logra incorporar en su cultura deportiva?
—Yo miro mi país con mucho orgullo por lo que somos y hemos construido en el deporte. Creo que tenemos un potencial enorme si logramos construir poder político y poner en valor el rol irremplazable que tenemos en la sociedad tecnológica, en la formación de infancias y adolescencias, en la salud mental y en la felicidad de todos y todas.
Hay que articular mejor con algunos sectores privados: la industria del deporte ha tomado una dimensión extraordinaria y hay mucho por hacer para que más personas tengan acceso.
—Decís que el daño al deporte es “silencioso”. ¿Cuál es la señal concreta que debería encender una alarma social para que la gente entienda que el sistema deportivo está en riesgo?
—La dificultad para pagar la cuota del club está a la orden del día, tanto para las familias como para las instituciones, que deben afrontar servicios y sostener actividades sin que se respete la Ley de Clubes ni las tarifas sociales. La desaparición de los Juegos Evita dejó a miles de pibes y pibas sin esa experiencia vital, mientras que también cayó el número y el monto de las becas para deportistas de alto rendimiento.
El gobierno de Milei ha significado un retroceso profundo para el desarrollo comunitario, social y popular, en favor de un sector ínfimo de la Argentina y de corporaciones globales. Un proyecto de desarrollo del deporte argentino solo puede llevarse adelante dentro de un modelo de país. Si no entendemos esto, no podemos salir de este páramo.

—El deporte de alto rendimiento hoy convive con la lógica del espectáculo y los negocios. ¿Creés que es posible competir en el mundo sin entrar del todo en esa lógica?
—El Estado tiene que cumplir su rol para democratizar el acceso. El mercado piensa en una mayor cantidad de consumidores, pero un pueblo sano practica deporte. Un Estado desertor es una mala noticia para todos, pero el desafío es construir poder popular. Es necesario articular los intereses del deporte como derecho y del deporte como negocio, en beneficio, en primera instancia, de garantizar el acceso a las mayorías populares.
—Muchos exdeportistas terminan alejándose del sistema una vez que se retiran. ¿Por qué pensás que al deporte argentino le cuesta tanto aprovechar la experiencia de sus propios referentes?
—Sin duda, se pueden tener políticas que retomen en el sistema el valor que acumulan los deportistas en sus carreras internacionales. De nuevo, necesitamos mucha política, de la muy buena.
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—Si tuvieras que convencer a un chico de 15 años de por qué el deporte vale la pena hoy en Argentina, en un contexto tan complejo, ¿qué le dirías?
—Ingresar en el deporte es un camino de felicidad, de juego y de hacer amigos, en espacios de cuidado como son los clubes. Mucho más aún en esta época de tanta pasividad motriz frente a una pantalla, sentir el placer del movimiento y la creatividad del juego que atraviesa el cuerpo, donde sos el protagonista activo, es una práctica que no te podés perder.
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