Hay tardes que el fútbol guarda como una cicatriz. El 11 de septiembre de 2005, en el estadio Malvinas Argentinas de Mendoza y por la B Nacional, el clásico entre San Martín y Godoy Cruz parecía encaminarse hacia una derrota deportiva más. El Tomba ganaba 3-0, pero de pronto el partido dejó de ser partido: a 30 minutos del final hubo gritos en la tribuna, corridas, piedras en el aire y una represión que se desbordó hasta el corazón mismo de la cancha.
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En medio de ese caos, mientras algunos futbolistas intentaban calmar a los efectivos -seis en el campo, más dos jefes a cargo del operativo (William Ruffolo y Jorge Pereyra)-, Carlos Azcurra avanzó unos pasos hacia la línea policial. Entonces ocurrió lo impensado. A 30 centímetros de distancia, casi a quemarropa, un disparo de bala de goma lo impactó en el pecho. El defensor cayó sobre el césped y el silencio se volvió más fuerte que cualquier insulto de tribuna.
Lo que siguió fue desesperación: compañeros pidiendo ayuda, médicos corriendo y una ambulancia que lo llevó de urgencia al Hospital Luis Lagomaggiore de Mendoza. Tenía 28 años, un pulmón destrozado y una carrera que acababa de quebrarse en un instante. Más de veinte años después, en diálogo con zeapp.site, Azcurra vuelve a mirar aquella tarde que partió su vida en dos y que dejó una de las imágenes más crudas que haya visto el fútbol argentino.
Así le disparó la Policía a Carlos Azcurra
—Cuando volvés mentalmente a ese 11 de septiembre de 2005, ¿qué es lo primero que se te viene a la cabeza: la imagen del disparo o todo lo que vino después?
—Ha pasado tanto tiempo que, la verdad, uno ya se fue olvidando bastante. Pero cuando vuelvo a esos años y lo miro desde la actualidad, aparecen muchas cosas. La verdad es que siempre me hubiese gustado haber terminado mi carrera futbolística como la terminaron la mayoría de los muchachos: empezarla y cerrarla dentro de la cancha.
Lamentablemente se interrumpió en 2005. Estuve cinco o seis años sin jugar y después volví -en Deportivo Maipú- a intentarlo para que mi carrera no terminara solamente ahí, porque siempre recuerdo el esfuerzo que hice en aquellos tiempos para llegar a ser futbolista profesional. Se hacía muchísimo sacrificio para poder llegar, y yo no quería que terminara de esa manera.
—¿En qué momento tomaste verdadera dimensión de que tu carrera profesional, tal como la habías soñado, ya no iba a continuar?
—Me lo dijeron los médicos cuando ya había pasado a sala común, después de estar en terapia intensiva. En una reunión me explicaron que, por la operación que habían tenido que hacer y por la dimensión de los daños que había sufrido, era muy difícil que volviera a jugar al fútbol a nivel profesional.
En todos lados se habló de lo que había provocado esa lesión y ellos fueron muy claros: me dijeron que iba a poder tener una vida normal, como cualquier persona, pero que volver a jugar profesionalmente era bastante complicado. Igual, fue uno de los objetivos que me propuse. Lo hice durante tres o cuatro años más, y ahí sí me retiré.

—Después de perder una parte del pulmón, ¿cómo fue el proceso físico y mental para intentar volver a entrenar y sentirte nuevamente futbolista?
—La verdad es que fue un proceso muy trabajado, tanto en lo mental como en lo físico, sobre todo por una cuestión mía, de mentalizarme y proponérmelo. Yo quería volver a jugar y volver a sentirme futbolista. Obviamente me costó mucho, pero en esos tiempos a los jugadores del Ascenso nos costaba todo mucho.
Para llegar a ser profesionales había que hacer un esfuerzo enorme: se trabajaba mucho, se entrenaba muchísimo y había que pelearla todos los días. Me había costado mucho llegar a ser jugador y por eso no quería que todo terminara de esa manera. Costó bastante, pero por suerte lo pude intentar.
—Cuando regresaste en 2011 a jugar en Deportivo Maipú, ¿qué sentiste al pisar otra vez una cancha de manera oficial?
—Fue un proceso muy lindo volver a hacer una pretemporada, volver a sentirme futbolista otra vez: concentrar, irte de pretemporada, exigirte al máximo. La verdad es que fue algo muy especial.
Siempre lo digo: estoy muy agradecido a la gente de Maipú, que me abrió las puertas para poder hacer la pretemporada, evaluarme y ver cómo estaba para volver a jugar al fútbol. Gracias a Dios pude hacerlo, el club confió en mí y por eso siempre voy a estar muy agradecido con ellos.
La sensación fue muy linda. Se me pasaron mil cosas por la cabeza: todo lo que había luchado para ser futbolista profesional y, después de casi seis años, volver a jugar oficialmente. Fue una experiencia muy fuerte y muy linda que me tocó vivir.

—¿Te quedó alguna conversación pendiente con aquel Azcurra de 2005 que estaba en pleno ascenso profesional antes del disparo?
—No, la verdad es que no me quedó nada en el tintero. Siempre lo digo: luché mucho y trabajé muchísimo para poder llegar a ser un jugador profesional, y lo logré. Después de lo que me pasó, me puse a trabajar y a hacer muchas cosas para mantener la cabeza ocupada. Más adelante, cuando ya me encontré bien de salud, empecé a exigirme para intentar volver a ser el Carlos Azcurra que era antes. Obviamente habían pasado casi seis años, y no era fácil.
Pero con mucho sacrificio pude volver. La verdad es que no me reprocho nada, al contrario. Cuando hago una evaluación personal o tengo una charla conmigo mismo, siento que no tengo nada para reprocharme, porque siempre hice todo al cien por ciento, con mucha responsabilidad y mucha seriedad. Y eso es algo que trato de mantener hasta el día de hoy: todo lo que hago intento hacerlo con responsabilidad y con inteligencia, para después no tener nada de qué arrepentirme.
—Trabajaste con chicos y presidiste un club barrial en tu Las Heras natal, ¿qué valores intentaste transmitirles a partir de tu propia historia?
—Hace más de dos años que ya no estoy en San Pablo. Pero cuando estuve ahí, trabajando con los chicos, fue una experiencia muy linda. Hasta el día de hoy me los cruzo, porque todos son de acá de la zona, y ya están enormes, están grandes.
Siempre tienen el mejor recuerdo de mí, no solo ellos sino también los padres, y eso es algo mutuo, porque para mí también fue un aprendizaje. Ver a los chicos crecer, ver cómo se desarrollan y cómo van cambiando con el tiempo es algo que uno no se olvida más. La verdad es que me quedó un recuerdo muy lindo de esa etapa.

—¿Sentís que el fútbol argentino hizo una autocrítica real sobre lo que pasó esa tarde o quedó como un episodio aislado en la memoria?
—La verdad es que no me interioricé demasiado en todo lo que tiene que ver con la seguridad o con las medidas que se pudieron haber planteado después de lo que pasó. Lo que sí sentí fue un apoyo muy grande de colegas, de compañeros y excompañeros de distintos clubes, y en general de todo el fútbol argentino. También recibí el respaldo de muchas figuras que me llamaron o me hicieron llegar sus camisetas.
Incluso tuve la oportunidad de ir al programa de Diego Maradona (La Noche del Diez), y la verdad que fue una experiencia increíble haber estado con él y haber compartido ese momento. Todos saben lo que fue Maradona: para mí fue un tipo excepcional, el mejor de la historia. No creo que haya alguien en el fútbol que haya sido mejor que él. Que él me abriera las puertas de su programa, que era tan conocido, fue algo muy importante para mí y también me ayudó mucho a salir adelante. La verdad es que fue un momento impresionante.
—¿Cómo impactó aquel episodio en tu forma de ver la violencia en el fútbol y el rol de las fuerzas de seguridad en los estadios?
—La verdad es que no cambió demasiado mi manera de ver el fútbol. La violencia existe y, lamentablemente, creo que siempre va a existir. No es algo fácil de erradicar de los clubes. Son situaciones que todos sabemos que pasan. Por eso creo que es importante que los dirigentes se capaciten, que se interioricen en estos temas y que estén atentos a lo que ocurre, porque en gran parte son ellos quienes tienen que tratar de mantener el orden dentro de los clubes.
Los que fuimos jugadores, sobre todo en clubes convocantes, sabemos que estas cosas existen y que no es sencillo hacerlas desaparecer. Lo que sí se puede hacer es trabajar para ordenar, para mejorar la convivencia y para que la relación entre dirigentes, jugadores e hinchas sea de la mejor manera posible.

—En lo personal, ¿qué papel jugaron tu familia y tu entorno para que pudieras reconstruirte después de semejante golpe?
—Sin duda mi familia fue un soporte fundamental. Ellos estuvieron siempre y fueron clave para poder salir adelante después de todo lo que pasó. También fue muy importante el entorno que tuve. Siempre me rodeé de un ambiente tranquilo, normal, con la gente necesaria para compartir el día a día. Nunca fui de tener un círculo muy grande, sino más bien de estar cerca de mi familia y de las personas más cercanas. Eso fue algo que mantuve siempre, antes y después de lo que me pasó.
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—Si tuvieras al frente al policía que te disparó, ¿qué le dirías hoy, más de veinte años después?
—Nunca tuve pensamientos de rencor ni nada parecido. Siempre estuve muy enfocado en recuperarme, tanto en lo personal como en lo mental y en lo físico. Ese fue mi objetivo desde el primer momento, y por suerte lo pude lograr. Lo demás preferí dejarlo de lado. Son cosas que pasaron y que no sé por qué ocurrieron, pero ocurrieron.
Yo elegí seguir adelante sin rencor y sin quedarme con pensamientos que pudieran hacerme retroceder en mi recuperación. Por eso, la verdad, nunca le di demasiada importancia a esa persona. A veces pienso qué hubiese sido de mi carrera futbolística si no me hubiese pasado aquello. Pero también agradezco haber podido salir adelante, haberme recuperado y hasta haber vuelto a jugar al fútbol.
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