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El segundo ciclo de Gallardo en River se cae por su propio peso

Una nueva derrota - la 12ª en los últimos 20 partidos - pone al DT más ganador de la historia del club en una encrucijada inédita en su carrera: apuesta a revertirlo a un costo cada vez más alto o tira la toalla. Con un equipo en caída libre (de nuevo), su salida pareciera ser la decisión más sensata.

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Por Cristian Damiani
Gallardo
El segundo ciclo de Gallardo podría terminar mucho antes de lo previsto (Fotobaires)
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"Nunca hubo una muerte tan anunciada", escribió Gabriel García Márquez en una de sus obras cumbre, la que lo catapultó a ganar el Premio Nobel de Literatura, hace ya 45 años. Este segundo ciclo de Marcelo Gallardo en River va en el mismo camino que el destino de Santiago Nasar, el protagonista de la novela, que transita sus días hacia un ocaso irremediable. El Muñeco pidió algunas horas para reflexionar tras una nueva derrota - la 12ª en los últimos 20 partidos -, pero su futuro parece estar ya escrito.

La conferencia de prensa luego de la pírrica victoria sobre Ciudad Bolívar por Copa Argentina mostró a un DT ofuscado y obstinado en sostener su continuidad. "Hay argumentos, los que no quieren verlo, no lo van a ver", dijo tras un 1-0 de penal en el minuto 86 ante un equipo recién ascendido a la Primera Nacional. Apenas cinco días después, dejó el Amalfitani sin hacer declaraciones y los argumentos a los que hizo referencia brillaron por su ausencia. Otra vez.

El análisis ya ni siquiera es futbolístico. River está a la deriva y cada partido que pasa se hunde más en su propia incertidumbre. Partido a partido se nota un equipo largo, insípido, desconcentrado, con errores de forma y de fondo, dependiente de un Juanfer Quintero que se lesionó tras una seguidilla de partidos en los que asumió el compromiso exclusivo de hacer jugar a un 11 totalmente inconexo. 

Anoche, en Liniers, en una parada que se presumía decisiva para recuperar la confianza y que Gallardo pueda llegar al Monumental con otros aires, otra vez la ilusión duró apenas 5 minutos. Desde el gol de Lanzini (justo él), no hubo ni un hincha de River que creyera que se podía dar vuelta. Ni siquiera los jugadores. Esa falta de carácter, de reacción, de rebeldía es la misma que lo llevó a perder los últimos 11 partidos en los que empezó abajo en el marcador - lleva 19 encuentros sin poder revertir el resultado -. 

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Gallardo es parte de un linaje de entrenadores que generó una representación del 100% con sus hinchas, en un olimpo al que solo acceden próceres como Ángel Labruna o Ramón Díaz. Pero este segundo ciclo, iniciado en agosto de 2024, no mostró nada de aquel que le valió al Muñeco una estatua en la puerta del mismísimo Monumental. Apenas un puñado de buenos partidos antes del Mundial de Clubes y no mucho más. 

En el medio, más de 75 millones de dólares gastados en refuerzos, algunos inexplicables; por caso, Galarza ya se fue, apenas seis meses después de llegar. Fracasos en todas las competiciones, un 2026 sin Copa Libertadores, el equipo afuera de la zona de clasificación a los octavos de final del Torneo Apertura y 21° en la tabla anual; un escenario demasiado oscuro como para sostener el estado de las cosas.

Su salida parece tan inexorable como desahuciante para los hinchas, que siempre lo vieron como un padre protector del legado riverplatense. Lo cierto es que, a esta altura, la sensación es que era más probable torcer la fatalidad que aguardaba a Santiago Nasar en las páginas de Crónica de una muerte anunciada, que alterar el triste y melancólico final de este segundo ciclo de Gallardo en el banco de River.

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