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Si querés salir campeón, hacete de dos pincharratas

Una curiosa coincidencia atraviesa décadas y copas: en cada consagración mundialista de la Selección Argentina hubo huella con ADN de Estudiantes de La Plata en el fondo del equipo.

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Por Daniel Melluso
José Luis Brown
José Luis Brown, emblema y anotador de un gol en la final del Mundial '86 frente a Alemania (Foto: El Gráfico, modificada con IA).
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Hay historias que el fútbol no explica, pero repite. Como un eco que atraviesa generaciones, la Selección Argentina parece necesitar de Estudiantes de La Plata cuando la gloria está en juego. No alcanza con el talento ni con la táctica: hay una fibra invisible, un gen competitivo que, curiosamente, siempre aparece en el arco y en la defensa.

La secuencia es tan precisa que parece escrita de antemano:

Tres títulos, tres repeticiones, una misma raíz. Siempre un arquero y un defensor con pasado pincharrata. Siempre, también, la sensación de que no es casualidad.

El punto de inflexión, sin embargo, tiene nombre propio: Carlos Salvador Bilardo. El Narigón no solo armó un equipo campeón en México ‘86, sino que trasladó al seleccionado una forma de entender el juego que se mamaba en City Bell. A su lado, futbolistas como Brown —símbolo de entrega—, Islas —seguridad bajo los tres palos— y Marcelo Trobbiani —equilibrio y lectura— encarnaron ese ADN.

Ese sello no se apagó con el paso del tiempo, más bien se multiplicó. En Italia ‘90, el mismo entrenador volvió a confiar en esa escuela. Años después, en Estados Unidos ‘94, el arco volvió a tener presencia albirroja con Islas, que cargaba en la espalda su formación en el club.

Argentina 3-2 Alemania: final del Mundial 1986

Argentina 3-2 Alemania: final del Mundial 1986

Desde Francia ‘98 en adelante, la presencia de Estudiantes en los Mundiales se volvió una constante, casi una tradición silenciosa:

Juan Sebastián Verón
Juan Sebastián Verón, con la camiseta de la Selección Argentina durante el Mundial de Francia '98 (Simon Bruty/Anychance/Getty Images).

Cada nombre es una historia, cada historia una marca. No todos levantaron la Copa, pero todos llevaron algo en común: la escuela, la mística, esa mezcla de sacrificio y convicción que en Estudiantes no se negocia.

Por eso, cuando la Selección toca el cielo, el León siempre deja su huella. A veces visible, otras más silenciosa, pero siempre presente en momentos decisivos. Como si el destino necesitara de esa cuota de identidad para cerrar el círculo.

Y ahora, con el 2026 asomando en el horizonte, la superstición vuelve a latir. La pregunta que viene a la cabeza: ¿alcanzará con repetir la fórmula? ¿Será otra vez Rulli bajo los tres palos, como suplente de Dibu Martínez, y un defensor con presente en el club, como Tomás Palacios, el próximo capítulo de esta historia?

Porque si algo enseña el fútbol —y Estudiantes lo sabe bien— es que hay casualidades que, de tanto repetirse, dejan de serlo.

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