Así vivió Messi su probable última función en Argentina: gestos de capitán, enojo en el final y silenzio stampa
Entre ovaciones interminables, momentos de fastidio y escenas que pasaron inadvertidas, la noche del Diez en La Bombonera dejó mucho más que un amistoso con la Selección: pequeñas señales, reacciones inesperadas y una despedida cargada de interrogantes.
Sin hablar, así se fue Messi de La Bombonera
La Bombonera se eriza. El eco que precede al estruendo toma forma, hasta que se produce el estallido. Esta vez la chispa no fue el ingreso de Boca -aunque algunos cánticos esporádicos pudieran sugerirlo-, sino el hombre al que todos fueron a ver porque no hay certezas de si se trata de la última función en el país: Lionel Messi. Relajado y casi con un semblante tímido, como quien, después de mil batallas y de alcanzar la gloria eterna, aún no termina de tomar dimensión de quién es ni de lo que genera, con la ropa pre-match el Diez agita el brazo ante un estadio -en el que no cabía un alfiler, a diferencia de con Mauritania-que se rinde a sus pies: “Messi, Messi, Messi…”
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Cálido, sin ceder ante las emociones -como en aquel partido con Bolivia pos primera Copa América- pero con un dejo de que algo distinto se sentía en el ambiente (¿acaso su Last Dance en Argentina?), el capitán saludó a cada rincón de las tribunas. Y empezó el ritual: la orquesta de tiros libres habitual, que inició con la mira descalibrada y terminó con goles de todos los colores, festejados casi como el que le iba a convertir a Mauritania minutos después durante el amistoso final antes de poner primera rumbo al Mundial.
Los indicadores previos, incluido el rival, fueron de la mano con lo que el trámite del partido iba a marcar después. Sin embargo, aunque vale decir que hubo show de Messi (gol, asistencia y destellos de magia), también vale remarcar que su noche fue un vaivén de emociones: cariño, fastidio, sonrisas, enojo y silenzio stampa.
Vamos por partes. El ítem número 1 se lo llevó el ya clásico ida y vuelta con la gente, que ploteó Brandsen 805 de banderas por si acaso fuera la última aparición del capitán en una cancha en el país jugando “por algo” (al margen del relativo valor de un amistoso de bajo calibre). Cada toque, cada gesto, cada reacción fue retribuida por la gente. Y no era para menos: ¿quién sabe si habrá otra oportunidad?
El golazo de Messi en la entrada en calor
Si bien el gol de Julián Álvarez -con Messi como artífice y asistidor- rompió rápido el partido y el bloque bajo de la Selección de Zambia que parecía imperturbable, la continuidad del primer tiempo, en la que Argentina manejó los hilos a gusto y piacere, no le sentó cómodo al mejor de la historia. Discutió con el árbitro, gesticuló, se llevó la mano a la cintura. Pateó un mote de pasto cuando le cobraron un offside camino al gol… en fin, no todo era tan redondo, al menos para las expectativas del capitán.
Fiel a su estilo ante la incomodidad, empezó a buscar su lugar en la cancha. Dejó el sector derecho, merodeó, se centralizó más y buscó ese contacto con el balón que demanda para “activarse”. Dicho y hecho. En el ocaso, frotó la varita e hizo saber -como si hiciera falta-, con un giro y gol magistral, que sigue siendo indispensable en este equipo. Quizás ya no cargue con las mismas responsabilidades ni el mismo peso que antes, en un contexto de jugadores que hace años colabora como un conjunto para que pueda lucirse, pero fue, es y seguirá siendo el corazón y el hombre designado para romper el molde, aún con 38 años. Los primeros 45 minutos se sellaron con esa obra de arte, con una definición desde un ángulo que solo los genios encuentran.
El complemento lo vio más parsimonioso, menos protagonista del juego pero más desde lo extrafutbolístico: en su rol de capitán, en el sentido más profundo de la palabra: ante el penal a Thiago Almada, naturalmente atinó a girar 180 grados y gritó, mientras gesticulaba con el brazo: “Ota, Ota”. Incrédulo, el General, quien sí es una certeza que este martes se despidió con la camiseta albiceleste del país, dudó, sonrió y terminó aceptando a la rastra de Cristian Romero y Emiliano Martínez. Pero, sobre todo, porque su ladero de largas batallas se lo cedió. Y así lo dejó en claro tras cruzar el remate y convertir: lo gritó y directamente se lo dedicó a la Pulga, a quien se le inundó la cara de felicidad.
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El final de lo que pudo haber sido la última función de Messi en el país fue, quizás, impropio, fuera de sintonía con el show del partido y probablemente el único punto rescatable sea que esa frialdad dejó la puerta abierta para un nuevo capítulo con un desenlace como el mejor de todos los tiempos se merece.
¿Qué ocurrió? Aunque no se televisó y hasta pasó desapercibido, Messi se fue de la cancha enfurecido, a puro reproche. ¿A quiénes le apuntó? A los agentes de seguridad, que en su afán por “protegerlo” de la embestida de la delegación rival, los infiltrados y todos los que se morían por llevarse una postal -recuerdo- imborrable, lo llevaron puesto al propio Leo (imagen ya repetida) y provocaron su reacción. Con ese semblante de bronca, Messi caminó hasta el túnel y, si bien su sensibilidad primó y saludó al público, había quedado visiblemente atravesado por ese episodio.
Quién sabe si por el fastidio del final o una decisión ya premeditada de antemano, Messi se retiró de La Bombonera sin mediar palabra con la prensa (¿una señal más de que no fue su despedida?). En esa coyuntura, el encargado de tomar la posta y salir con los tapones de punta, en medio de especulaciones y cuestionamientos en torno a la selección, fue Rodrigo De Paul.
“No hacemos política”, disparó el volante y compañero de Leo en Inter Miami CF. Sea como sea, la jornada messiana en La Bombonera tuvo todos los condimentos y fue un torbellino de emociones fluctuantes para la Pulga, de mensajes implícitos y de un silencio que habla por sí solo. El Diez solo piensa en el Mundial, una confirmación que tampoco llegó de su parte y se sigue haciendo esperar pero que se cae de madura. Ese será el verdadero Last Dance.





