No hay que renegar de los momentos de disfrute de la vida. Por pequeños que sean y sin que importe quién o qué los provoca, hay que vivirlos con intensidad.
La semana nos ha dado un par de motivos de alegría, que no es algo que abunde en el Mundo Boca de los últimos años. La patada en las sentaderas que le pegaron al Araña Gallanto (por más que nos quieran convencer de que fue una renuncia) es felicidad en estado puro. Y que el último empujón se lo haya dado un ídolo nuestro como Guillermo es un plus innegable y un acto de justicia divina. No, no me vengan con golpes bajos: no nos alegramos de que un tipo se quede sin laburo. Seguramente el extécnico de Riber, que mañana tendrá su hipócrita fiestita de despedida -como la que le armaron al bueno de Demichelis-, no se quedará en pelotas en la calle. Es un millonario de pura cepa y no precisamente por ser de River -de hecho es hincha de San Lorenzo.
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A Bareiro le bastó un partido para hacer sus primeros goles en Boca, algo que nunca pudo hacer en River
La otra buena de la semana también tiene que ver con Marcelo, de algún modo. Adam Bareiro, un tipo al que había contratado Micho y que él se encargó de borrar del mapa, metió dos goles en su debut con la camiseta de Boca. Con ellos, ya lleva dos goles más de los que había hecho en River. Que el rival sea semiamateur no necesariamente le quita mérito: hemos sabido empatar con el Auckland City, por ejemplo. Cabe recordar, también, que ningún delantero de River pudo hacerle un gol a Ciudad Bolívar -otro equipo pedorro. Ningún otro punta nuestro -aparte del Loco Adam- pudo festejar ni una ni dos veces contra el arquero de Gimnasia de Chivilcoy. Y el hecho de que haya fracasado en la vereda de enfrente y ya nos haya dado una clasificación es otro motivo que nos arranca una sonrisa. Teniendo en cuenta lo que les pasa a los puntas de River, que con Gallanto no la meten ni de casualidad, habría que preguntarse de quién fue en realidad la culpa de lo que le sucedió al paraguayo los meses que vivió del lado equivocado de la vida.
Boca pasó el escollo de Copa Argentina sin sufrir jamás, explicitando la diferencia enorme de categoría mucho más allá del 2 a 0. Ganó con autoridad, como debe ser, pudo haber hecho algún otro gol (dos tiros en los palos) y se trae de Salta unas cuantas conclusiones positivas. Todas tienen que ver, claro, con cuestiones individuales. No tiene sentido ponerse a analizar a un equipo muletto inédito que quién sabe si alguna otra vez se repetirá. Figal jugó un buen partido metiendo hasta pases filtrados, Braida se reveló como una alternativa de Blanco llegando bien al fondo y participando con un taco del primer gol, hasta Janson metió una asistencia y estuvo movedizo, Aranda entró y metió un par de pases deliciosos que -esperemos- le valdrán más minutos en un futuro cercano, Pellegrino mostró que hay centrales como para aguantar (palomita al travesaño y buen centro en el 2-0).
Bareiro le dedicó sus goles a Riquelme tras su debut con doblete en Boca
Ahora esperemos que los encargados de armar el equipo no lo choquen en la próxima parada. Bareiro, impecable desde lo físico, dos goles de 9 paraguayo de los que no le temen al roce ni al área, no juega en puntas de pie. Va al frente. No le duele la espalda ni se la pasa regando potus. Cavani, el único del plantel que no viajó a Salta, no debería aparecer ni por el banco. Primero porque es un desastre y después porque sigue teniendo actitudes de mal compañero: no quiso subirse al avión que pagó el CAPITÁN Paredes para que los que no estaban convocados por lesiones viajaran a Salta a apoyar a sus compañeros. Si la última vez fue silbado, esperemos que la próxima los hinchas hagan justicia y lo puteen directamente. Que se vaya de una vez.
No hay mucho más por decir. Ojalá a Bareiro estos goles le hayan servido para tomar confianza y nos dé muchas, pero muchas alegrías. Ojalá los que estaban atados se hayan desenredado: para esto sirven estos partidos que el doc Carlos Bilardo pedía cuando necesitaba subirles la autoestima a sus muchachos. Hay que despegar. Ah, y gracias por otra alegría, Marcelo. Chau.
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