Entre Estados Unidos y Medio Oriente: ¿hacia dónde va el fútbol?
Messi y Crisitano Ronaldo. Fondos de inversión privados y estatales. Huéspedes de torneos, Mundiales y más. Al negocio del deporte más popular del mundo se lo tironean entre ambas regiones, que están cambiando el paradigma de la disciplina.

Pese al predominio europeo y sudamericano en la historia del fútbol, la performance dentro de la cancha no comparte los mismos protagonistas que en el negocio. Brasil, Argentina, Alemania, Italia, España, Francia o Inglaterra serán poderosos con la pelota en los pies, pero la batuta comercial la manejan otros. Estados Unidos y Medio Oriente tendrán muchas diferencias culturales, ideológicas, políticas y sociales, pero comparten una similitud: el interés estratégico en el deporte.
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El fútbol como activo: por qué ambos mundos llegaron al mismo lugar
El fútbol es un activo muy especial. A través de dos prismas diferentes, lo que el simpatizante observa como una pasión o mero entretenimiento, otros personajes lo metaforizan en dinero y poder. “El inversor norteamericano vio un negocio suboptimizado y entró a optimizarlo. El inversor de Medio Oriente vio una plataforma que le puede dar legitimación mundial y entró a usarla. Los dos necesitan la camiseta, pero por razones completamente distintas”, señala Claudio Destéfano, periodista especializado en marketing y management deportivo, a zeapp.site.
La escasez de clubes de élite, con todo lo que estos conllevan desde su posicionamiento como marca hasta su cantidad de hinchas y seguidores, es uno de los ítems principales que atrae la inversión. Más allá de que el retorno no sea inmediato o al corto plazo, la poca cantidad de grandes instituciones garantiza que el valor residual (aquel importe estimado que tendrá un activo al final de su vida útil) se mantenga o crezca.
Asimismo, el Licenciado en Marketing y experto en Sport Business, Maximiliano López Arce, agrega, en diálogo con zeapp.site: “No hay otro Real Madrid. No hay otro Manchester United. Esa escasez cotiza y a eso se suma que la visibilidad global de un club top actúa como multiplicador para otras inversiones del mismo fondo en sectores como aerolíneas, tecnología o turismo. Cuando el Saudi Aramco (compañía explotadora de hidrocarburos en Arabia) pone un logo en una camiseta de Premier League, está comprando acceso a una audiencia alrededor del mundo que ningún otro formato le garantiza de esa manera”.
Ambas regiones convergen en una misma conclusión: la inversión en el fútbol es una oportunidad. El deporte más popular del planeta combina en un solo paquete lo que cualquier inversor busca por separado en otros sectores: una marca con historia que no se construye desde cero, una base de consumidores fidelizados que ninguna campaña publicitaria genera, visibilidad global instantánea y poder blando que ningún acuerdo diplomático garantiza. Según le afirma a zeapp.site Fernando Gañete Blasco, periodista deportivo y exdirector de la revista SportBusiness en la Argentina, “en 2018, el movimiento global de compra de acciones en clubes de fútbol rondaba los 70 millones de euros. En 2024, esa cifra superó los 2.000 millones”. El mercado no especula con el rendimiento actual de los clubes, sino con su valor potencial. Y ese valor, en el fútbol, tiene una característica que lo distingue de casi cualquier otro activo financiero. No deja de crecer.

El combo Estados Unidos: optimización de negocio e imposición de cultura
Destéfano sentencia que “el fútbol europeo es el activo de IP más barato del planeta en relación a lo que vale”. Los capitales privados estadounidenses no ven la tradición. Ven décadas de rezago en la gestión de derechos, en la monetización de la marca y en el aprovechamiento del estadio como plataforma de negocio (naming, eventos de entretenimiento, entre otros). En sus ligas deportivas (NFL, NBA y MLB, correspondientes a fútbol americano, básquet y béisbol, respectivamente) cada franquicia tiene un valor garantizado, los derechos de televisión están perfectamente empaquetados y las reglas del negocio llevan décadas optimizadas. Aplicar ese manual en Europa, en su momento, era tan solo una hipótesis. Hoy controlan casi la mitad de los clubes de la Premier League. No fue casualidad: fue metodología.
La revalorización de los activos es el motor que justifica inversiones que, a primera vista, parecen no tener retorno inmediato. Por ejemplo, la familia Glazer compró el Manchester United en 2005 por 790 millones de libras; dos décadas después, el club fue valuado en más de 5.000 millones de dólares. Pero sin irse tan atrás en el tiempo, según la revista Forbes, el ranking de los 20 clubes deportivos más valiosos del mundo está integrado por 19 franquicias norteamericanas. El único intruso europeo es el Real Madrid. Un dato que, por sí solo, explica mejor que cualquier discurso por qué los inversores estadounidenses miraron hacia el fútbol: si sus propios activos ya dominan la cima de la valoración global, el paso natural era expandir ese modelo hacia el deporte más popular del planeta, donde el potencial de crecimiento todavía tenía -y tiene- mucho recorrido por delante.
Pero donde la influencia norteamericana se vuelve más estructural y sobre todo controversial es en la transformación del fútbol como espectáculo. De pronto, cada espacio para respirar se transformó en asfixia publicitaria o en chances de generar atracciones, como los shows de medio tiempo, palabra mayor en el Super Bowl y que se trasladó en el Mundial de Clubes. Eso sumado a un aumento en el volumen de los partidos (104 partidos en la próxima Copa del Mundo) deriva en mayores oportunidades lucrativas. Así como explica Destéfano: “Los megaeventos son el momento en que la publicidad del fútbol se multiplica. El partido que se juega en la cancha dura 90 minutos. El otro partido dura meses, a veces años”. El Mundial 2026 está ideado para el sistema norteamericano, que rige bajo sus propias reglas. Los cooling breaks —pausas dentro del partido que no tienen ninguna justificación deportiva pero generan un corte publicitario— son el ejemplo más claro de cómo el reglamento empieza a doblarse ante la lógica comercial y como la cultura estadounidense se impone al tradicionalismo del fútbol.
Mientras todo esto ocurre a escala global, Argentina tuvo su propio laboratorio de prueba. El magnate Foster Gillett desembarcó en Estudiantes de La Plata con la promesa de modernizar al club. El experimento duró poco y terminó mal. Los términos del acuerdo nunca fueron transparentes para los socios y hasta el magnate fue investigado por lavado de activos. Acerca de las dificultades a la hora de invertir en el deporte nacional, López Arce explica: "El verdadero obstáculo es la falta de profesionalización. Los clubes argentinos pueden seguir perteneciendo a sus socios y al mismo tiempo ser gestionados con un nivel de excelencia ejecutiva que hoy, en la mayoría de los casos, no tienen. El argumento de que sin SAD no hay futuro es, en el mejor de los casos, una simplificación. Brasil ya tiene el modelo corporativo con las SAF y los resultados financieros son medibles. Pero la diferencia no está solo en la estructura jurídica: está en la calidad de gestión. La ética y la buena voluntad son el punto de partida indispensable, no el punto de llegada".
Medio Oriente y los Estados como protagonistas
Si el inversor norteamericano es un privado que busca optimizar un activo, el inversor de Medio Oriente es, en la mayoría de los casos, el propio Estado. El Fondo de Inversión Público saudita (PIF), el Qatar Sports Investments (QSI) o la Abu Dhabi United Group (Emiratos Árabes Unidos) son tres ejemplos perfectos. El Manchester City del Sheikh Mansour de Abu Dhabi, es hoy el centro de un grupo de 13 clubes en cuatro continentes. El PSG le permitió al príncipe qatarí Nasser Al-Khelaïfi construir una red de negocios en Francia que excede ampliamente al fútbol. Son estructuras que no se parecen a ningún modelo de inversión privada conocido. Son políticas de Estado con camiseta de fútbol. Y detrás de esa arquitectura hay una urgencia. "Están viendo el postpetróleo, cuando el petróleo deje de ser el gran negocio. Hasta hace dos meses el barril costaba menos de 60 dólares. Hoy, con el tema de la guerra, supera los 100, pero esa volatilidad no es habitual", advierte Fernández Gañete Blasco. El horizonte es claro: diversificar antes de que sea tarde. Además, Qatar construyó Lusail City de la nada para el Mundial 2022 con un objetivo declarado: "La idea de los cataríes es que sea una especie de Las Vegas del mundo árabe".
En el caso de Arabia Saudita, la irrupción tiene un punto de partida. El 2 de octubre de 2018, el periodista del Washington Post Jamal Khashoggi fue brutalmente asesinado bajo la orden del príncipe heredero Mohammed bin Salman, tal como develó el Servicio de Inteligencia de lo Estados Unidos (CIA). Esta situación dejó al país en una de las peores crisis reputacionales de su historia reciente. No obstante, conformaron un plan en el que el deporte está involucrado: el sportswashing (término acuñado para referirse al lavado de imagen a través del deporte). No sólo desde el punto de vista del fútbol (el PIF compró al Newcastle United en 2021 y fue el sponsor oficial del Mundial de Clubes) sino que también realizaron inversiones muy fuertes en golf, Fórmula 1, boxeo, artes marciales, tenis, entre muchos otros deportes. Sin embargo, existe un trasfondo aún más profundo.
"Lo que Occidente llama sportswashing, en Riad o Abu Dhabi tiene otro nombre: gestión de activos estratégicos. Eso no significa ignorar el problema ético, implica entender la lógica desde adentro", sostiene López Arce. El PIF controla el 75% de Al-Hilal, Al-Ahli, Al-Nassr y Al-Ittihad, los cuatro clubes más grandes de la Saudi Pro League, que incorporaron a grandes estrellas como Cristiano Ronaldo, Neymar o Benzema a sus equipos entre 2023 y 2024. De esta manera, se multiplicó el valor de los planteles en un 300%, gracias a una sustancial inyección económica “El fútbol les da visibilidad mundial, acceso a las redes comerciales y diplomáticas de la élite, y un vehículo concreto para atraer turismo e inversión privada local. Reducir todo a sportswashing es simplificar un fenómeno que tiene mucha más profundidad estratégica de lo que los titulares suelen reflejar”, agrega el especialista.
Multipropiedad: la nueva tendencia en el fútbol moderno
El modelo de multipropiedad es uno de los fenómenos más transformadores de la era moderna del fútbol. Un mismo propietario, poseedor de varios clubes. El caso más conocido es el City Group, así como también BlueCo (Chelsea y Racing de Estrasburgo) o PIF (Newcastle United, Al-Hilal, Al-Nassr, Al-Ittihad y Al-Ahli). Según el CIES Football Observatory, más de 120 grupos de Multi-Club Ownership (MCO) controlan más de 330 clubes en todo el mundo. La dimensión del fenómeno contrasta con su anatomía real: la mayoría no son grandes conglomerados sino estructuras acotadas, y menos del 40% de estos grupos tiene tres o más instituciones bajo su órbita.
Uno de los grandes atractivos tiene que ver con los sponsors. Los grupos MCO ofrecen a las empresas un acceso publicitario a escala internacional con una eficiencia de costos que ningún club independiente puede replicar. Es decir, a través de un mismo intermediario, un patrocinio alcanza varios puntos geográficos a la vez. El otro gran atractivo del modelo es el movimiento interno de talento. Un jugador ingresa al grupo desde una liga de menor costo, acumula minutos y visibilidad en mercados intermedios, y llega al club principal con una cotización que en el mercado abierto hubiera costado mucho más. “Un estudio sobre más de 60.000 transferencias del mercado de pases reveló que la mayoría de las cesiones a préstamo se producen entre clubes del mismo fondo, lo que también permite a los grupos maquillar balances contables”, señala Gañete Blasco.
El caso de Eagle Football Holdings es una advertencia clara sobre los riesgos de financiar la multipropiedad con deuda y sin transparencia. El empresario John Textor armó un grupo con Botafogo, Olympique Lyonnais, Crystal Palace y RWDM Bruselas, financiado con más de 400 millones de euros en préstamos de Ares Management. A partir de ahí surgieron conflictos: el pase de Thiago Almada entre clubes del mismo grupo derivó en una sanción de FIFA; Crystal Palace fue relegado por UEFA por conflicto de intereses; y en Bruselas y Lyon se acumularon deudas y sanciones (este último estuvo muy cerca de descender). Finalmente, Textor se vio obligado a vender sus acciones de las Águilas, perdiendo poder en su conglomerado empresarial.
El fútbol nunca antes había sido tan explícitamente un instrumento de poder, de capital y de geopolítica como en este momento. Estados Unidos llegó con el manual del entretenimiento y encontró un mercado por explotar. Medio Oriente llegó con la urgencia de quien sabe que el petróleo no es eterno y encontró en el deporte la plataforma de legitimación mundial que ninguna diplomacia convencional le podía garantizar. Los dos mundos se encontraron en el mismo activo, lo transformaron a su imagen y semejanza, y dejaron al deporte en un punto de no retorno: el fútbol ya no es sólo fútbol, los clubes ya no son sólo clubes.












