Hay que ser un necio, un cínico, un cipayo vendido a la derecha recalcitrante para venir a decir ahora que lo de anoche en cancha de Vélez fue una vergüenza, que Boca se paseó tambaleante al borde del precipicio de un papelón histórico, que el equipo no tiene identidad, que no se sabe a qué juega, que un grupito de mocosos que no saben sonarse la nariz lo tuvo ahí nomás de la goleada haciendo que desde los cuatro costados gritaran ole.
Hay que ser un enemigo del pueblo, un mercachifle de malas noticias, un monstruo sin corazón para destacar que es una broma de mal gusto ver a Guillermo sentado en el banco de Vélez dirigiendo su orquesta, mientras en nuestro banco se sienta Úbeda, cara de tía que hace scones con pasas de uva, el mismo conocimiento de fútbol que la tía o un poco menos, semblante impávido, cambios equivocados cuando no tardíos; mariscal de la derrota que ve arrastrarse por el campo a sus soldados mal preparados, que caen lesionados, que erran pases de dos metros, que no tienen ni un arrebato de pasión, que se pasean por el campo con nuestro glorioso uniforme manchándolo con otra derrota de visitante, la número 19 en estos dos años en los que venimos a la deriva, en un loop, de humillación en humillación, alegrándonos solo con las desgracias ajenas.
Lo importante, muchachos, no se dejen lavar el cerebro, es la gimnasia artística, el nado sincronizado, el voley playero y el hockey; eso, el hockey, nuestro emblema, si Boca siempre fue un club de hockey, de esgrima y de pilates. Y no olvidar que apenas van seis años de (indi)gestión.
Así fue el triunfo de Vélez sobre Boca
Hay que ser un ensobrado y un mala leche, un amante de las sádicas sad, para resaltar que Román y el Chelo estuvieron todo el verano tomando mate y comiendo asado, apostando las fichas a un tal Hinestroza, que se durmieron otra vez y ahora, después de las puteadas de los hinchas por todos lados, andan pidiendo permisos especiales para seguir incorporando jugadores a la cuarta fecha del torneo. Que los tipos llegan de Paraguay sin pretemporada ni ritmo futbolístico, que viven al límite de la lesión -ellos y todos los demás-, que el estado físico es deplorable y a los 60 minutos todos están cansados; que el 4 titular es tan malo que se da patadas con sus propias piernas (y se lesiona), que el 4 suplente es un muchacho querible pero que no quedó ni en el Inter Miami y lo mandaron llamar cuando corría al pedo por la cancha de al lado; que a los pibes los mandan al frente cuando les faltan tres golpes de horno, mientras un jubilado uruguayo que nos vendieron como "el refuerzo extranjero más importante de la historia" se dedica a la jardinería en los ratos libres que no pasa en las camillas a un módico sueldo de tres palos verdes por año.
Lo relevante, lo que queda marcado a fuego en los libros, no es que hace tres años no ganamos un pomo, ni un concurso de carnaval -la semana que viene tenemos otra chance con nuestra divertida comparsa "Los lisiados de La Boca"-, sino los alambrados, señores, los nuevos alambrados romboidales. Y las juntas de brea de las playas de estacionamiento, y las 180 plateas nuevas, y el pan de papa que se usa para las jugosas hamburguesas del patio de comidas. Y la puerta, señores, LA PUERTA. La faraónica obra de ingeniería civil que figurará en las exposiciones internacionales de arquitectura o como mínimo se ganará una foto en la revista Living.
Acá no interesa, de ningún modo, si desperdiciamos a un campeón del mundo como Paredes que ya no les acierta ni a la cabeza de los compañeros en los tiros libres (entre él y Zenón patearon cuatro córners seguidos a la altura de las rodilas), si Ascacíbar tarda dos fechas en perder la brújula y entregarse a la desidia, si al pibe Aranda -crack de la Reserva- lo ponen siempre con el partido 0-2 como si fuera la reencarnación de nuestro salvador Jesucristo, si el equipo no da dos pases seguidos, si los buenos se convierten en mediocres y los mediocres en malos, si no hay alma ni señas particulares, ni un gesto de rebeldía, si nadie pega cuatro gritos o si vamos para atrás: la verdad, muchachos, qué poca sangre, ¿así defienden a la tía Sifón? ¿O será que se cansaron de defender lo indefendible y estamos a la espera de que se tome una decisión coherente (que no sea llamar al Kily González)?
A Boca le hicieron dos goles en menos de tres minutos, se perdieron dos o tres veces el tercero y el cuarto los pibes que se pusieron a pensar en la tapa del diario en lugar de poner el pie como correspondía. El pibe Zufiaurre tiró un zapatazo de ahogado para que el resultado quedara más acomodado en las estadísticas, algo más decoroso, aunque difícilmente los que estuvieron en Liniers se vayan a olvidar de este baile.
El golazo de Iker Zufiaurre para Boca frente a Vélez (2-1)
Para los resentidos que no valoran que el clú é de lo socio, para los que minimizan la titánica tarea de Román en fútbol femenino y futsal; para los que no valoran los ascensores que ya van a venir, este Boca es un dolor de ojos indigno de nuestra historia que gana casi siempre a los tropezones y pierde holgadamente. Dicen estos mercenarios del micrófono y las redes sociales que hay tiempo de cambiar, que lo importante empieza en abril, que todavía podemos hacer las cosas bien y traer un entrenador que esté a la altura, no este ayudante de campo que no sabe armar equipos ni hacer cambios y que tiene el puesto intervenido por los de arriba y los de abajo. Este accidente que se llama Úbeda y que tendrá medio renglón en las páginas del club.
Es hora de combatir estas calamidades que nos azotan. Hora de terminar con este Boca fantasma. Por supuesto que la solución no es solo correr a Úbeda, pero es lo que está al alcance y por algo hay que empezar. Para lo demás, para evaluar esta histórica gestión de nuestro máximo ídolo, hay tiempo. Por suerte está la puerta. Que quedará reluciente, hermosa, bien pintadita, sólida. Y que cumplirá, por supuesto, con la dobre función que tienen todas las puertas. Entrada. Y también salida...
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