Hubo un tiempo que fue hermoso (dijo, alguna vez, Charly Garcìa, el oráculo de la Argentina). Cada vez que cerraba una charla, una conferencia, hasta cuando mandaba uno de los millones de saludos que le pedían, Carlos Bianchi se despedía con una frase que derivó en ícono de aquellos tiempos de gracia. "Chau, felicidades", decía, y mostraba radiante su sonrisa imperfecta de paletas algo separadas. Hoy, en el día del cumpleaños número 121 de Boca, bien podríamos decirle: "Hola, felicidades". Más que un saludo protocolar es una bienvenida. La esperada bienvenida luego de tiempos de sombras y turbulencias. Por supuesto, nadie puede asegurar que esto que vimos un rato en Córdoba y en fechas anteriores sea la versión definitiva, pero hay patrones que afortunadamente se repiten en el juego y en los resultados. Y que nos ilusionan con el fin de esta grisura que son nuestros días.
Boca tenía contra Talleres un partido de alto riesgo. Una de esas paradas que uno prefiere afrontar cuando está bien parado, con la mandíbula fuerte. Y no solo salió indemne, sino incluso fortalecido. Pegó una de esas piñas que duelen y generan respeto porque el rival viene levantando y el golpe fue en su propia casa. Hay más: el gran capitán venía de jugar una hora hace dos días y no estaba para grandes esfuerzos teniendo en cuenta el futuro inmediato, así que arrancamos sin él. Y encima el técnico metió un sartenazo y cambió a la defensa entera. El resultado y las conclusiones son inmejorables. No en vano se vio tanto abrazo sentido al final. Entre jugadores, con el DT y sus ayudantes. Todos juntos.
Úbeda sabe que tiene más defensores, no sólo cuatro, con un aprobado destacadísimo cómo Pellegrino que meterá en problemas al Sifón a la hora de decidir qué hacer entre él y un Ayrton Costa cuyo rendimiento viene en caída libre. El joven central no sólo sacó muchas de las pelotas envenenadas que caían sobre el área sino que además abrió con un pase lúcido lo que fue el tramo clave del gol de Boca. Hacía tiempo que se reclamaba una chance para él, y hay que ver si tanto esto como lo de Figal y Barinaga tienen que ver con una rotación pensando en el fixture cargado o con la defección de los titulares y la necesidad de mejorar ese sector.
Bareiro, el cambio de los botines y el tremendo elogio a Aranda: "Esa joya que tenemos en el club hay que disfrutarla mucho"
Pero hay más para celebrar. El pibe Aranda llegó para cambiar al equipo, es ese jugador distinto y desequilibrante que esperaba encontrar Riquelme en Velasco y que le salió de las entrañas del club. Jugar con un 10 que cambie el ritmo y que lea el juego, que no tenga miedo de pedirla, girar y encarar, el otro tema. Si a eso le sumamos que aun en una noche floja Bareiro se barre para meterla, que la asistencia fue de un Merentiel que se entiene bien con el paraguayo y que los dos terminaron en un festejo a pura risa con Paredes, en una coreografía ensayada, podemos concluir que el clima interno también es bueno entre la gran mayoría de los jugadores. Hay respeto y madurez hasta en la calentura de Ander Herrera cuando le tocó salir y le enfocaban el rostro tenso para ver si encontraban maliciosamente un insulto que no llegó. A los dos minutos estaba como loco dándoles indicaciones a sus compañeros en una muestra de compromiso.
Y acá hay que detenerse en un dato clave: hasta Úbeda estuvo bien con los cambios, un habitual talón de Aquiles. Herrera está bien sacado para cuidarlo, entraron Paredes (para limpiarse) y Ascacíbar (para agarrar ritmo post lesión), cuidó a los delanteros titulares tratando de insuflarles vida futbolística a Romero y especialmente a Milton Giménez, que no jugaba desde la prehistoria, y la otra fue la variante obligada por el dolor de Braida (se la bancó atrás pero en ataque está no un escalón sino una escalera por debajo de Blanco).
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Un último detalle antes del cierre: Paredes cambia todo con su sola presencia. No necesita jugar él mismo 10 puntos para elevar a todos sus compañeros. Desde que entró, el equipo tuvo otra postura porque él encontró pases que otros no nacieron para ver o para ejecutar, se jugó al son de su pegada y disfrutamos de su regreso de la Selección con el pecho inflado, cada vez más importante y titular. Doble alegría. Hay hasta gestos de liderazgo que no pueden pasar inadvertidos: en el gol, no fue a abrazar primero a Bareiro, que ya tiene la confianza por las nubes, sino a Pellegrino, por su participación clave y porque necesitaba una palmada.
La mención al Virrey en el inicio del texto no es gratuita. Ahora empieza la Copa Libertadores, que debería llamarse Carlos Bianchi. Llega bien Boca a abril, el momento clave del año. Se acomodó un poco en la tabla local para no estar tan pendiente, dio un mensaje hacia afuera y va confiado como nunca antes en este ciclo a buscar su obsesión. Gracias por volver, Boca. No te vayas más.
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