Nadie en su sano juicio puede decir que a Boca le tocó una zona terrible, complicada, un grupo de pesadilla donde hagan falta milagros para clasificar a la verdadera Copa: eso decíamos antes, ¿no? "La Copa empieza en los octavos de final con los mano a mano".
Ni los viajes son extremos, no hay altura, no hay cucos ni rivales inaccesibles. Si miramos el panorama de los otros tres aspirantes a pasar de fase, vamos a ver que tampoco Cruzeiro es Cruzeiro -penúltimo en el Brasileirao-; no podemos tenerle miedo al Barcelona del mismo Pipa Benedetto que estuvo dos años sin hacer un gol y al que echamos a patadas y Católica es el representante de un fútbol menor que es incapaz de clasificar a un Mundial con la mayor cantidad histórica de cupos para Sudamérica.
Pero, y acá empiezan los peros, Boca no es Boca. O mejor dicho, no es el Boca que arrasaba rivales por presente y respeto, por chapa, por peso de camiseta y nombres. No lo hace en el torneo local, donde pena por entrar en un grupo de ocho y está 14° de 30 en la general -fuera de todo para 2027- con rivales francamente impresentables, ergo no hay garantías que puedan darse en el plano internacional. Ni mercado que nos salve de acá a que termine la primera fase porque se desaprovecharon hasta las ventanas especiales para contratar jugadores luego de las lesiones y/o cesiones.
A pesar de la ligera levantada de los últimos partidos, el equipo sigue sin hacer pie, viene de cuatro empates consecutivos en la Bombonera -que es el lugar sagrado donde no se puede perder un solo punto en la Libertadores- y ese andar a los tumbos, sin técnico y sin perspectivas de cambio en lo inmediato es lo que nos llena de interrogantes. No sabemos bien qué somos, a qué queremos jugar y sufrimos ese doble comando que tanto daño nos hace desde hace tiempo, con un presidente-ídolo que se cree con derecho a meterse en el armado del equipo, que decide solo los refuerzos y generalmente se equivoca. Él y quienes lo acompañan en los puestos clave son el verdadero grupo de la muerte.
Escucharlo declarar es, en esta hora gris, casi un acto de heroísmo por la turbidez de sus pensamientos enroscados. Cuando dice que Cavani nos va a dar muchas alegrías, un Cavani que no puede ni caminar de los dolores de columna, hay que pensar que se está riendo de nosotros o que está extraviado y vive una realidad paralela. Pasa en todos los ámbitos y cada vez que abre la boca. Por ejemplo, cuando dice que falta un solo paso para arrancar con la obra de la Bombonera y la CNRT lo manda al rincón, a hacer un proyecto serio, y empiezan a reconocer sus loritos que efectivamente hay aún un largo camino por delante con distintas instituciones que ni siquiera conocían. O cuando relativiza la ausencia de las copas anteriores diciendo que entre 1996 y 2000 no se jugó. ¿Es el mismo tipo que decía que los buenos ganan la Libertadores y hoy ensalza los triunfos contra el semiamateur Gimnasia de Chivilcoy en el medio de una gala sudamericana? ¿Qué le pasó? ¿En que te has convertido, Román?
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En fin... Falta muy poco para abril, cuando empieza lo importante, y estamos en pelotas. Esperamos más de dos años para volver, tiempo suficiente como para que se armara un plantel serio, con un conductor capaz. Nuestra esperanza, hoy, se llama Leandro Paredes. Rogamos que vuelva rápido el Changuito Zeballos, que Bareiro concrete lo bueno que insinúa, que Aranda se asiente y sea una realidad -no simplemente esta enorme ilusión que nació contra Lanús. Son nombres, no un equipo. Nos tienen que salvar durante esta primera fase para que en el intervalo del Mundial lleguen un arquero, un 4, Dybala -ojalá que sano-, un extremo más...
Por ahora hay que agradecer que el sorteo en Paraguay fue presencial y que no hubiera que mandar ningún mail anotando al equipo en tiempo y forma. Y también agradezcamos que al menos en este tiempo del año nuestra hermana república tenga el mismo huso horario que nosotros. Una bendición.
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