Nunca es lo mismo una Copa sin Boca. Para nadie. El mal de ausencia se sufre puertas adentro y también genera nostalgia de otros tiempos afuera. Para todos los que crecieron con el siglo, Boca es el club copero por excelencia: cuatro ganadas y otras cuatro finales son la suma inequívoca de la grandeza continental.
Hace unas horas, se viralizó un vídeo de un chico chileno indignado por ver a muchos compatriotas esperando al plantel encabezazo por Juan Román Riquelme (señor Copa) y celebrando su llegada a Santiago. Los consideraba poco menos que cipayos o vendepatria. Pero más allá de la exageración en busca de clicks, hay una verdad auténtica: Boca es el equipo más local de América, el que más hinchas tiene dentro y fuera de la Argentina. Su regreso a la Libertadores merecía, sin dudas, un triunfo como el de anoche, con autoridad, mucho más holgado en el juego que en el resultado, que se quedó algo corto para reflejar la superioridad.
Un partido no puede ni debe actuar como una predicción de futuro, pero estos primeros 90 minutos de Boca en la Copa tranquilizan. Nunca es lo mismo la competencia local que la internacional, mucho menos nuestro devaluado torneo doméstico lleno de riestras y aldosivis. De visitante, en un país históricamente hostil (muchas veces por razones que nada tienen que ver con la pelota), aun ante un rival flojo de un fútbol en clara decadencia como el chileno, el equipo supo plantarse y demostrar quién manda; hacerse fuerte, dueño de la pelota, marcar los tiempos, imponer su jerarquía y ganar. Acaso un jugador, uno solo, aglutine todas esas impresiones en cuerpo y alma: Leandro Paredes tuvo el debut que soñó toda su vida. Él fue Boca y fue el dueño de la escena alrededor de la cual giraba el mundo fútbol de Sudamérica. Él se plantó, se hizo fuerte y dueño, aceleró, frenó, apuntó y gritó uno de esos golazos que se desean fervientemente. Una pelota que voló rasa, seca, letal.
Paredes, tras su debut en Copa Libertadores: "soñaba con jugar esta competición con esta camiseta"
No, claro, no está solo. Tiene en Delgado a su complemento ideal, en Ascacíbar la diagonal exacta al vacío (pecho y zurda, hubiera sido un golazo), en Aranda la osadía de brillar tirando gambetas y tacos productivos, en Blanco las alas para volar por izquierda y asistir, en Bareiro al gatillo. No mereció sufrir Boca en ningún momento porque fue mucho más que Católica, pero esto también es la magia de la Copa, su brujería que nos enciende y nos atrapa.
Los cambios esta vez no salieron aunque estuvieran bien pensados. Ander debió aportar control y circulación, Giménez su oficio de 9 (le falta mucho físicamente). Los centros del final asustaron, el miedo que da perder luego de haberlo dado todo.
Pasó el debut de Boca en la Copa y, claro, no fue uno más. Porque Boca no es cualquiera. Es el equipo Copa, la gane o no, la camiseta que encandila a toda América y la hace vibrar.
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