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La tragedia que cambió para siempre a Zambia: el accidente aéreo que se llevó a una selección entera

En 1993, un avión que transportaba al plantel se estrelló en el océano frente a Gabón y provocó una de las catástrofes más profundas de la historia del fútbol. Murieron 18 jugadores y el país tuvo que reconstruir su equipo desde cero. Más de 18 años después, tras una final definida luego de 18 penales y en la misma ciudad de la desgracia, el destino los llevó a conquistar la Copa Africana, la mayor hazaña de su historia.

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Por Marcos Carena
Zambia
Restos del avión de Zambia que se estrelló en la costa de Gabón, en 1993.
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A veces el fútbol deja de ser un simple juego para transformarse en una forma de reconstrucción, en un camino de resiliencia. La historia de la selección de Zambia está atravesada por esa dimensión más profunda: la de un país que encontró en la pelota una manera de volver a ponerse de pie tras una catástrofe que marcó para siempre a su generación más prometedora.

Cuando el martes se enfrente a Argentina en La Bombonera, el equipo africano traerá consigo algo más que un plantel y una camiseta. Detrás de los actuales “Chipolopolo” -como se lo conoce popularmente- hay una mochila cargada con uno de los sucesos más conmovedores que haya vivido el deporte: el accidente aéreo de 1993 que se llevó a la mejor generación de futbolistas de su historia.

Como la Tragedia de Superga del plantel del Torino en 1949 o la de Múnich en 1958 con el Manchester United, el 27 de abril de 1993 se iba a convertir en otra fecha funesta para el fútbol. El seleccionado de Zambia emprendió un viaje rumbo a Senegal para disputar un partido de clasificación hacia el Mundial de Estados Unidos 1994. Hasta ese entonces era uno más, un traslado común y corriente para un plantel que abordó un avión militar que debía realizar varias escalas antes de llegar a destino.

Sin embargo, en una de esas paradas, en Libreville, Gabón, ocurrió lo impensado: minutos después de despegar, la aeronave perdió estabilidad porque uno de sus motores empezó a incendiarse y, en medio de la emergencia, el piloto interpretó que la falla provenía del otro motor y tomó la decisión de apagar el que todavía funcionaba correctamente. Con el aparato ya sin la potencia necesaria para sostenerse en vuelo, el DHC-5D Buffalo perdió estabilidad y terminó precipitándose en el Océano Atlántico frente a la costa africana.

Los informes posteriores determinaron que la catástrofe fue consecuencia de una combinación de fallas mecánicas y un error humano en una situación límite. Las secuelas fueron fatales: no hubo sobrevivientes entre los pasajeros y murieron los 30 ocupantes del vuelo, entre ellos 18 futbolistas, el entrenador y el staff que integraban la base de una selección que prometía marcar una época en el continente.

Los cuerpos de los futbolistas fueron repatriados y enterrados en una tumba colectiva en el Heroes Acre, un memorial nacional ubicado en Lusaka, donde descansan figuras consideradas héroes del país. Con el tiempo, ese lugar se convirtió en un punto de recuerdo para el fútbol zambiano y para las generaciones que crecieron con la historia de aquel equipo que nunca llegó a destino.

Zambia
Heroes Acre, el memorial nacional en Lusaka donde fue enterrado el plantel de Zambia. (Simon Bruty/Getty Images)

Aquel equipo no era uno más. Zambia venía de construir una generación competitiva, capaz de plantarse ante potencias africanas y con la ilusión intacta de alcanzar el Mundial. La tragedia no solo apagó esa posibilidad: dejó al país entero sumido en un duelo colectivo.

Uno de los pocos que no estuvo en ese avión fue Kalusha Bwalya, la gran figura del fútbol zambiano de aquellos años. Jugaba en Europa y debía sumarse al plantel directamente en Senegal, por lo que no viajó con el resto de sus compañeros. Años más tarde, al recordar aquel episodio, todavía le costaba encontrar palabras para explicarlo: “Tenía que ser el destino. Dios tiene que ayudarte, no puedes hacer eso. Pasaron muchas cosas que no podría ni explicar”.

Lo que siguió después fue una reconstrucción tan improbable como conmovedora. Zambia tuvo que armar una selección prácticamente desde cero, convocando a futbolistas que ni siquiera formaban parte del equipo principal. La herida era demasiado profunda. Cada partido era también un homenaje. “Cuando pierdes a la gente que está contigo en ese viaje y tienes que ajustarte de cero y empezar de nuevo se te hace una montaña”, recordaría Bwalya con los años.

Kalusha Bwalya
Kalusha Bwalya, presente en el memorial al plantel de Zambia.

Sin embargo, aquel equipo improvisado encontró una fuerza inesperada. Contra todo pronóstico, la nueva Zambia avanzó en la clasificación mundialista y estuvo a apenas un partido de llegar al Mundial de Estados Unidos en 1994.

“El equipo que murió era muy fuerte, muy bueno, creo que hubiera llegado lejos en el Mundial porque teníamos la experiencia de haber ido en Seúl. La clasificación era muy difícil, porque solo se clasificaban dos o tres equipos africanos. Los suplentes estuvieron a solo 45 minutos de llegar a la Copa del Mundo, una muestra de todo el talento que teníamos en ese momento”, explicó el excapitán y luego presidente de la Asociación de Fútbol de Zambia.

Aquella generación no alcanzó el objetivo, pero dejó algo quizá más importante: la sensación de que el fútbol podía volver a unir a un país devastado. Durante años, Zambia cargó con ese recuerdo como una cicatriz abierta. Cada torneo continental, cada partido internacional, estaba atravesado por la memoria de aquel equipo perdido en el océano.

Hasta que en 2012 ocurrió algo que muchos interpretaron como un cierre simbólico de la historia. La Copa Africana de Naciones se disputó, en parte, en Gabón, el mismo país frente al cual se había estrellado el avión en 1993. El destino quiso que Zambia avanzara hasta la final del torneo.

Antes de la final, el seleccionado visitó la playa cercana al lugar del accidente para rendir homenaje a los futbolistas fallecidos. Allí ocurrió algo que Bwalya, entonces dirigente del fútbol zambiano, recordó con emoción: “Antes de ir a Gabón les dije a los jugadores que no sería una Copa de África ordinaria. Lo sentí”.

Y describió aquella escena casi como un momento sobrenatural. “Cuando empezamos a cantar caminando sobre la arena de repente se hizo oscuro y salió luz de la nada. Era una forma de decir ‘gracias por venir’. Y todas las flores que llevábamos, que se suponía que debían flotar, se hundieron, como si alguien las agarrara. Para mí era importante que el antiguo equipo y el nuevo pudieran encontrarse”, relató.

Zambia campeón 2012
Katongo levantando la Copa Africana de Naciones en Gabón, en 2012, cerca del lugar del accidente. (AFP).

“Queríamos darles las gracias: ‘estamos aquí por ustedes, eso es lo que querían. Querían que llegásemos a esta final. Ayúdennos, estén con nosotros en este día’. Nadie dijo nada. Tras este día éramos un equipo completamente distinto, porque había una buena vibración, un buen espíritu”, fueron las palabras que pronunció, en medio del silencio extremo.

La final fue contra Costa de Marfil, un rival repleto de estrellas como Didier Drogba y Yaya Touré. Pero Zambia jugó el partido como si estuviera acompañada por algo más. “Podríamos haber jugado tres horas que nos no hubiera marcado”, sintetizó Bwalya, sobre las sensaciones del equipo en esa jornada épica, como si hubiese una fuerza del más allá guiándolos.

Tras un empate sin goles, ganaron por penales. Y acá otro guiño del destino: se patearon 18, la misma cifra de caídos que había dejado la brutal desgracia. Así, como una señal y una muestra del fútbol como fuente de resiliencia y reconstrucción, a metros de donde había sido la jornada más triste de la vida del seleccionado, lograron conquistaron la primera Copa Africana de su historia, la mayor hazaña. “En la segunda mitad el público cambió y empezó a animarnos gritando ‘Chipolopolo’”, evocó. Para muchos, no fue solo un título. Fue una especie de justicia entre tanto dolor.

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